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Un cable submarino para Cuba

16 enero, 2010

Si el cuco no atrasa sus salidas para cantar las horas, el año 2011 se convertirá en la bisagra que cambiará la historia de las telecomunicaciones en Cuba: En esa fecha deben de bombearse los primeros bits a través de un cable submarino formado por dos pares de fibra óptica con capacidad de 640 gigabytes (320 para cada par).

El tendido del cable conectará informáticamente a la isla de Cuba con su continente, a través de Venezuela. Como nutritivo amnios, el azulejo del Caribe velará por el descanso sobre el lecho marino —incluso a más de cinco mil 400 metros de profundidad en la Fosa de Battle— de ese cordón umbilical de mil 630 kilómetros.

La empresa Telecomunicaciones Gran Caribe S.A. tiene ante sí una faena con visos de hazaña social y tecnológica. La misma nació bajo los principios del Convenio Integral de Cooperación Cuba-Venezuela —ronda la década de firmado—, y de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). El capital fue aportado por Telecom Venezuela y la Empresa de Transporte de Señales de Telecomunicaciones (Transbit) de Cuba.

Hasta hace poco, acodados sobre el mapa, ingenieros de la empresa cuchicheaban sobre la envergadura de llevar a hechos ese rayón diagonal que articula la zona de Camurí, cercana al puerto de La Guaira, en el estado venezolano de Vargas, y la playa de Siboney, en las afueras de Santiago de Cuba. Casi recta, la línea tiene prácticamente un único codo, a la altura de Jamaica.

Mientras, los estrategas avanzaban en las cuestiones jurídicas y las negociaciones para la ejecución del proyecto, lacrado en 2007. Sin embargo, las fechas de arrancada anunciadas públicamente fueron postergándose, entre otras razones por el retardo en la entrega de “una fianza” por parte de la firma Alcatel, según trascendió en Caracas. Esa entidad resultó la subcontratada por la empresa mixta cubano-venezolana para que cargara sobre sus omóplatos la responsabilidad de producir y lanzar el cable submarino.

Centavos más, centavos menos, la inversión se montará en 63,4 millones de dólares. La ganancia también es tangible: con esas hebras ópticas del grosor de un cabello, la isla antillana no solo verá incrementada su capacidad de telecomunicaciones unas tres mil veces, sino que en buena medida se espantará de la nuca el vaho caliente del bloqueo en materia de conexiones globales.

Vía Bohemia

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