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Gran hermano Telekom

7 junio, 2008

El gigante de las telecomunicaciones alemán Deutsche Telekom es el centro de un escándalo mayúsculo por espiar a directivos y periodistas, entre 2005 y 2006, para identificar a quienes filtraban información a la prensa. La pregunta es: si se espía a sí mismo, ¿qué no podrá hacer con sus millones de usuarios?

El escándalo de espionaje de Deutsche Telekom (DT), el gigante alemán de las comunicaciones, arrastra a círculos cada vez más amplios y se remonta mucho más atrás de lo supuesto. Pone en evidencia el psicodrama de un consorcio que se debate entre fantasías de omnipotencia y paranoia. En medio de todo se halla el ex presidente del Consejo de Vigilancia Klaus Zumwinkel.

Ralph Kühn gerente de la empresa de asesoría e investigación de Berlín Network Deutschland GmbH, que organizó durante años las actuaciones de espionaje por encargo de DT con la ayuda de sus datos internos de conexiones de telefonía fija y móvil, no es más que una pequeña ruedecilla en un mecanismo imponente. Pero a veces pasa lo que pasa con estas ruedecillas: si de repente dejan de hacer su trabajo en silencio, si empiezan a hacer ruido, si incluso llegan a estallar, toda la máquina se para o se descontrola y no hace más que crujir y jadear. Esto suele llegar hasta los mandos y las conexiones superiores.

Desde que la semana pasada Der Spiegel revelara que Deutsche Telekom AG ordenaba espiar a gran escala a sus propias comisiones de vigilancia y a periodistas, únicamente para encontrar fugas en sus propias filas, el consorcio ex estatal de Bonn se ha visto sacudido por el peor escándalo de su historia.

Ralph Kühn, en medio de todo ello, y a la vez al margen, anda ahora vacilante. Ahora quiere explicarlo todo, por fin. Tiene que hacerlo. Oscila, incluso físicamente, de aquí para allá entre la actitud ofensiva y el trágame tierra. Tiene que protegerse, no, mejor exponerse. Quiere. No puede. Sí. No. Sí, pero no. Y continúa hablando como un torrente.

Una hora.

Dos horas.

Durante tres horas describe los negocios que realizó durante años para Deutsche Telekom y otras actuaciones de las que dice al menos haber oído. Son negocios e historias sucias que en parte están fuera de la legalidad.

Se trata de los primeros encargos, aparentemente inofensivos, de investigación en Europa del Este, hasta el topo que presuntamente infiltraron en la redacción de la revista de economía Capital. Son historias de un gusto por el acecho cada vez más acusado, más voraz.

Entretanto se puede percibir que los ataques del Gran Hermano Telekom eran incluso mucho más intensos de lo que se temía al comienzo. Es evidente que abarcaron un periodo más prolongado que de la primavera de 2005 a 2006, como hacían suponer las primeras informaciones obtenidas. También se hizo patente que estas operaciones se remontan a muchos años atrás, como es el caso del redactor del Financial Times Deutschland, que ya era espiadodurante el cambio de siglo, según parece, por ex colaboradores de la Stasi (policía secreta de la Alemania comunista) y por encargo de la compañía de asesoramiento de empresas Control Risks, que a su vez trabajaba para los de Bonn. Entretanto, la empresa ha entregado todos sus documentos a la fiscalía.

Por tanto, estamos ante el Telekomgate. El monolito color magenta no es una empresa privada cualquiera. El antiguo consorcio estatal sigue teniendo actualmente al Estado como gran accionista. Es en realidad la última participación digna de mención del Estado en la industria, junto con la de la empresa de ferrocarriles Deutsche Bahn. Por tanto, DT no deja de ser una cuestión política. Los pequeños inversores, así como los clientes, son votantes.

Precisamente la empresa que debía proteger el secreto de las telecomunicaciones y los datos de sus millones de clientes como nadie, durante años pasó por alto notoriamente y a gran escala con las leyes vigentes. La empresa fue y sigue siendo un símbolo. Alrededor de la mitad de los ciudadanos de Alemania es cliente de este gigante todopoderoso: pese a unas pérdidas relativamente grandes, el consorcio sigue teniendo en Alemania 31,1 millones de clientes de telefonía fija, 36 millones en el ámbito de la telefonía móvil, y administra 12,5 millones de conexiones a Internet de banda ancha. La otra mitad de la república ya se ha enfadado por lo menos alguna vez con la empresa.

Ya no se trata solamente de la violación del secreto postal y de telecomunicaciones y de vulneraciones de la ley federal de protección de datos, sino probablemente de malversaciones de patrimonios de empresas y violación de secretos. La fiscalía de Bonn ha solicitado asistencia administrativa a la Oficina Federal de Investigación Criminal.

Es probable que se crearan registros de los movimientos de las personas espiadas, asociados incluso a sus bancos de datos. El presidente del consejo directivo de Telekom, René Obermann, que ahora tiene que despejar las ruinas, quizá no lo supiera todo, pero sí más y hace más tiempo de lo que se dio a conocer originalmente.

Personas del entorno han informado de que los profesionales de la seguridad de Deutsche Telekom, Deutsche Post, Lufthansa y el grupo Daimler cultivaban una red informal y se reunían con regularidad. Según estos informes, Telekom, Post y Lufthansa habían recurrido temporalmente a la empresa Control Risks para los servicios de fisgoneo.

Al mismo tiempo surgen los primeros indicios de que el consorcio podría haber trasladado datos secretos a países vecinos para ser analizados. Y podemos preguntarnos: si DT no vacila en fisgonear a su propia gente, ¿cómo tratará entonces los datos de sus clientes?

Telekom ha catapultado el tema del espionaje a una dimensión verdaderamente distinta desde que hace dos sábados las agencias de noticias se hicieran con los primeros avisos del escándalo. Ya ese día compareció Obermann, el consejero delegado, ante las cámaras de televisión, visiblemente conmocionado. El domingo y el lunes se abalanzaron sobre la multinacional protectores de datos, editorialistas, asociaciones de periodistas y políticos.

Friedrich Apostel, el experimentado fiscal superior de Bonn, acostumbrado a llevar casos muy importantes, dirigió el esperado sumario y organizó en la propia recepción de Deutsche Telekom la primera conferencia de prensa. Entretanto, sus inspectores se dispersaron para registrar también siete viviendas.

Según el informe del fiscal, no sólo se está investigando al ex consejero delegado Kai-Uwe Ricke, al ex jefe del consejo de administración Klaus Zumwinkel y al espía privado de Berlín Kühn. Hay cinco acusados más, algunos de los cuales siguen trabajando para Telekom, que iniciaron las operaciones en la primavera de 2005.

El 20 de enero de 2005 apareció otra historia sobre DT en la revista Capital: la junta de administración hablaba de “escapes” en la multinacional. Supuestamente, algunos miembros de la junta estaban furiosos por las constantes indiscreciones, traiciones y filtraciones de información hacia la revista. Ese día se decidió “actuar contra ello de forma activa”, según recuerda el ex consejero delegado Ricke. Al principio reinó el diletantismo al más alto nivel: se hicieron pruebas, por ejemplo, con papel rojo. El que quisiera copiar actas originales de este tipo no obtendría más que hojas en negro. Asimismo se intentó descubrir a los traidores con marcas de agua especiales y marcas secretas. Además, probaron a repartir documentos falsificados para ver cuáles de ellos volvían a aparecer y dónde. Pero nada de eso surtió efecto, así que se creó la sección de seguridad interna.

Al principio se ocupaba principalmente, según creen los fiscales, de investigar las relaciones entre Wilhelm Wegner, el poderoso jefe del comité general de empresa de Deutsche Telekom, y el redactor de Capital Reinhard Kowalewsky, así como con otros representantes de los medios de comunicación. Wegner no ha hecho hasta el momento ninguna declaración pública respecto al caso.

La fiscalía está investigando entretanto si se enviaron y se analizaron datos de otras empresas alemanas, como por ejemplo las llamadas de teléfono desde otras redes de telefonía móvil que administra Telekom.

Las tres grandes (Vodafone, O2 y E-Plus) negaron rotundamente a finales de la semana pasada haber puesto a disposición del líder del mercado cualquier tipo de material de forma intencionada. Pero lo que las empresas no podían excluir del todo era que Deutsche Telekom lo hubiera conseguido por su cuenta.

Persiste la suposición de que Telekom había comprado a un trabajador de la revista Capital financiando sus ocasionales caprichos sexuales. La redacción de Capital se está investigando a sí misma. “Hasta ahora no sabemos con certeza si ha habido un topo ni cuándo”, relativiza Carsten Prudent, redactor jefe segundo de la revista. El acusado lo desmintió de forma creíble.

“Como jefe de Telekom jamás he encargado a un empleado espiar datos de conexiones. Durante el tiempo que he estado en el cargo tampoco he tenido nunca noticia de que se haya hecho nada semejante”, ha dicho Kai-Uwe Ricke. Hace dos semanas, por vez primera, “las investigaciones del Spiegel me hicieron reparar en que se había recurrido a prácticas ilegales de este tipo”.

¿No podría ser también que la camarilla de seguridad interna hubiera perdido los papeles en solitario?

El caso es que no resulta sorprendente, pero desde luego llama la atención cuántos responsables de seguridad de alto rango empleados en consorcios alemanes proceden de los servicios secretos, de la Oficina Federal de Protección de la Constitución o de las filas de la Policía Federal o de los länder.

Y esta omnipotente empresa, sin más freno que el que se imponga a sí mismo, sabe mucho de los ciudadanos alemanes. Conoce direcciones de empadronamiento, antecedentes penales, situaciones financieras. Cuando existen sospechas fundadas, instala micrófonos ocultos y cámaras y quiere que se le autorice a registrar secretamente ordenadores. El número de medidas de vigilancia de este tipo crece de año en año. En 2007, los investigadores pincharon 40.000 teléfonos en toda Alemania.

En la aldea global, los datos de las telecomunicaciones desempeñan un papel crucial. Para el Estado representan probablemente la herramienta más poderosa de todas las que ofrece la criminología moderna. Si uno quiere saber quién se ha puesto en contacto con quién y en qué momento, si uno desea enterarse de quién ha estado en un lugar determinado en un preciso momento, necesita ante todo una cosa: datos telefónicos.

Desde el 1 de enero, todos los ofertantes de servicios de telecomunicaciones del país deben grabar y conservar durante seis meses justamente esos datos de los que el gigante rosa ha abusado de manera sistemática, aparentemente en busca de vías de agua en su propia casa.

Así, la nueva ley auspiciada por la ministra de Justicia, Brigitte Zypries, exige a empresas como Deutsche Telekom, Arcor o Hansenet no sólo que graben quién ha telefoneado a quién y durante cuánto tiempo, es decir, los denominados datos de tráfico, sino que además, en el caso de las conversaciones con móviles y los SMS, hay que almacenar también el identificador internacional del abonado de telefonía móvil, la identificación del aparato e incluso la célula de radioemisión. El escándalo de espionaje en torno a DT podría suponer el inicio del fin de la ley.

La capacidad de vigilancia de este consorcio parece casi ilimitada. El propio Hans-Jürgen Knoke, jefe de seguridad de la empresa entre 1998 y 2004, admite que en su época ya había espías o agencias de detectives trabajando para el consorcio.

Aunque el Estado sigue teniendo una participación importante, ya no es el accionista mayoritario. La empresa inversora estadounidense Blackstone se sienta también en el consejo de administración con un paquete de acciones que ronda el 4,5%. Y los estadounidenses no están satisfechos. Ni con la evolución de las cotizaciones, ni con los titulares de los periódicos. “Aquí no va a quedar títere con cabeza”, comentaba un alto directivo en medio del ruido procedente de los despachos vecinos. Los fiscales vaciaban archivadores, estanterías y ordenadores.

Y en el ojo del huracán, Obermann, el presidente de la junta directiva.

Vía El País

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